¡México, levántate!
El Ayer y el Hoy de la política mexicana
sábado, 19 de mayo de 2012
Música, poesía y política. Empezando con "Adíos Mamá Carlota"
viernes, 18 de mayo de 2012
El librero de mi padre: Los gobernantes no deben ser sacerdotes
viernes, 4 de mayo de 2012
De gobernantes y sus tratos con lo divino
martes, 24 de abril de 2012
Peña es la excepción (hablando de presidentes y libros).
jueves, 29 de marzo de 2012
El librero de mi padre: Fuentes, el PRI y la clase política.
martes, 27 de marzo de 2012
¿En que manos te pones, mexican@?
No estaba muerto, andaba de parranda...
“No, porque ya murió la gente que me contaba historias”. Este era el pretexto con el que Juan Rulfo respondía a los ruegos, peticiones e incluso amenazas de sus miles de seguidores en todo el mundo que deseaban siguiera escribiendo más allá de esos dos viajes en el tiempo y el espacio que son El llano el llamas Y Pedro Páramo. Yo no soy Rulfo, ni tampoco he escrito algo lejanamente parecido a Pedro Páramo, ni mucho menos nací en Jalisco (bien, porque prefiero el bacanora al tequila) pero también he llegado a sentir por un par de años la muerte de todo deseo de escribir (pero sin la fama y la fortuna del ya mencionado jalisciense).
Dígase apatía, falta de inspiración, proceso de madurez, traumas de la infancia que emergieron en la edad adulta o simplemente la más grande de las flojeras intelectuales, el resultado final era el mismo: Escribía por encargo, ya fuera de la escuela o algún investigador con el que llegue a colaborar, pero mi iniciativa en ese campo estaba más muerta que el deseo mundial de acabar con las armas nucleares. No niego que llegué a disfrutar esos trabajos por encargo, y que el colaborar con cada uno de esos tres investigadores (se omiten nombres por respeto a su talla intelectual y por no someterlos a la vergüenza de que me relacionen con ellos) son de las pocas cosas de las que me puedo sentir completamente orgulloso en la vida, pero aun así me faltaba la chispa que activara la mezcla de lecturas, experiencias y traumas que considero son fundamentales para que el escribir se convierta en algo más que un simple llenar páginas y que ello sea grato al menos para el que lo hace (si a los demás también lo es, mucho mejor). El tiempo que estuve sin escribir no fue perdido: Terminé una carrera, empecé una tesis, viví fuera de mi estado natal, me enamoré, me desenamoré, me brindaron odio jarocho, me uní a un partido político, hice grandes amigos y perdí unos que parece que siempre no lo eran tanto, leí mucho, conocí personas de otras culturas y, sobre todo, en algunos momentos llegué a ser feliz.
En fin, la chispa deseada parece haber vuelto a mi vida, y espero que el fuego que se ha iniciado arrase con la maleza de la inactividad intelectual y prepare el terreno para sembrar las semillas de la felicidad. Yo no sé ustedes, pero creo que me voy a divertir.